El sábado fui a una boda. La hermana de un amigo cercano contrajo matrimonio. Me alegra mucho por los novios porque después de varios años de andar y vivir juntos el matrimonio todavía les hizo sentido y lo materializaron ante la sociedad y la ley.
No soy ningún experto, pero siento que puedo hablar sobre el matrimonio y el divorcio partiendo de lo que me ha tocado experimentar en relaciones pasadas.
Antes era bastante vocal y compartía opiniones que fácilmente se podrían catalogar como anti-matrimonio. Me parecía más una costumbre que una decisión con fondo. Algo automático, heredado.
Con el tiempo entendí que, para algunas personas, casarse no es el inicio de algo sino una reafirmación.
Una declaración que no se hace con cualquiera y que, lejos de inaugurar la relación, revela una cualidad que ya estaba ahí.
Hoy me gusta pensar que el matrimonio puede ser un acto de convicción.
No como imposición social ni como impulso romántico, sino como una decisión consciente, congruente con ciertos principios personales.
También lo veo como un acto de voluntad y valentía. Nadie puede garantizar que el amor durará. No hay certeza sobre el futuro. Las personas cambian. Aun así, eligen comprometerse.
No por eso lo romantizo. Creo firmemente en el divorcio también. Si algo no funciona, no funciona, no hay por qué forzarlo, pero eso lo dejo para otra publicación.
En la tradición cristiana hay una frase durante los votos que siempre me ha parecido potente:
“Prometo amarte y respetarte todos los días de mi vida, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza… hasta que la muerte nos separe.”
Me deja sin aire.
Es una sentencia fuerte, casi como un hechizo pronunciado con intención. Si pudiera modificarla, no la haría más débil, sino más lúcida.
Entre la vida y la muerte, agregaría una palabra: convicción.
Porque más allá de la muerte, es en vida donde importa sostener la congruencia de la elección.
¡Larga vida a los novios!
-.-
Desde que escuché Le quattro stagioni he pensado que el Largo del “Invierno” de Vivaldi sería digno previo a una entrada de novia.
No es una pieza escrita para bodas, pero tiene algo ceremonial en su lentitud, en esa forma de sostener el tiempo como si el mundo entero se detuviera para que alguien avance unos pasos decisivos.
No es triunfal ni festiva; es solemne y consciente, casi íntima. Más que celebrar un inicio, parece acompañar una elección hecha con claridad.
Por eso me suena a umbral, a tránsito, a ese momento en el que alguien camina hacia un compromiso sabiendo que no hay garantías, pero avanzando igual.
Disfrútenla, tanto como yo.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario