domingo, 20 de julio de 2025

El norte perdido y otras coordenadas

Comienzo a escribir esta entrada sin un norte definido. Escucho 'Tiny Voices' de Box Car Racer, una de mis bandas favoritas de la adolescencia (2001 - 2002). 

Pienso en el pasado y trato de reconectarme con él. El único canal que me queda para refugiarme ahí es a través de la música.

Lo que no anticipaba de este intento de reconexión es que fuera tan punk rock, pero bueno.

Veo la pantalla y está en blanco. No dejo de pensar y repasar mis palabras mientras conversaba con mi mujer en la cena hace rato.

[Sigo con Box Car Racer, ahora escucho 'Sorrow']

Me acuerdo de un texto (medio fumado y espontáneo) que compartí en un hilo de mi arroba X (Twitter) que se me ocurrió en estos días sobre algunos pensamientos me han estado persiguiendo últimamente sobre mi estancia en CDMX.

[No comparto el enlace al hilo porque le tengo el candado puesto (por aquello de los stalkers)]

Mi reflexión fue esta:
Uno no aprecia CDMX lo suficiente hasta que uno se va de ella y comienza a notar los vacíos y los contrastes de otros lugares.

Para bien o para mal, uno se acostumbra a CDMX. A su caos, marchas, bloqueos, variedad culinaria, tráfico, modos, formas y matices.

Estar lejos de CDMX se convierte en un ejercicio de comparación constante. En el lugar presente no se tiene lo que allá, y no por eso está mal ni es mejor, simplemente es un tipo de blues-citadino.

No extraño la ciudad, pero no por eso quisiera regresar a ella pronto; así esté constantemente expuesto en la boca del lobo, entre pizzas y sombreros.

Descentralizarse, desde la perspectiva de ser y sentirse ciudadano, es un ejercicio de búsqueda de identidad. 

Otra razón para darnos cuenta que la verdadera identidad no se debería de basar del lugar donde vivimos, sino todos esos lugares donde hemos estado y alguna vez existimos.

Sigo tratando de encontrar cómo referirme a ese 'algo' que lo lleva a uno a lugares donde la razón no necesariamente tiene la última palabra.

Quisiera saber a dónde más iré.
Todo esto surgió porque desde que me fui de CDMX he pasado por etapas de emoción, duelo y aceptación. 

Después de más de una década de estar viviendo en el Valle de México, decidí que ya había sido suficiente ciudad de concreto y me fui buscando nuevos horizontes junto con mi mujer e hija.

[Por razones de privacidad no puedo compartir a dónde me reubiqué, pero hasta cambié de zona horaria.]

'Vivir en provincia', como se refieren en este país al hecho (a veces involuntario o heredado) de vivir fuera de Ciudad de México, cala bastante. 

Nos vamos de CDMX por las mismas razones que nos trajeron y nos quedamos en un inicio. Estoy seguro que más de alguno leyéndome que ha vivido en la ciudad y se ha ido me entiende.

Uno se va, se alegra por haberse ido, aunque sea a visitar. 
Estando fuera de CDMX uno se visualiza rehaciendo la vida en lugares más exóticos, tropicales o históricos.

Lugares menos caóticos y apresurados, lugares paradisiacos. Hasta que después de un tiempo, uno cae en cuenta que no hay otro lugar como esa ciudad y como quien no quiere la cosa, uno siente la necesidad de regresar.

[Sigo con Box Car Racer, ahora escucho 'Elevator']

Esta sensación no es nueva. Experimentaba algo similar cuando me fui de mi natal Guatemala. 

De hecho, todavía me ocurre cuando visito la tierra del quetzal, aunque en una intensidad mucho menor. 

Para no hacer el cuento muy largo y evitar divagar, eventualmente me vi en la necesidad de 'cortar el ombligo' y aprender que tenía que comenzar de nuevo para seguir como nuevo.

No al extremo como el que relatan sobre Hernán Cortés cuando incendió sus embarcaciones con la finalidad de transmitir a su tripulación que no había vuelta ni marcha atrás; no, no, algo más leve.

Corté el ombligo para poder continuar y viajar con ligereza.  Aceptando que algunas de las personas que dejé atrás seguirían ahí, pero en otro formato, distancia y frecuencia. Otras de plano no, no había lugar para ellas en el porvenir.

[Ahora escucho a The Used con 'Buried Myself Alive']

Aceptando que yo también tenía que buscar mi propósito y escribir mi vida como yo quisiera. 

Aceptando que muchas cosas dejarían de ser, pero que cuando ocurrieron marcaron mi vida para siempre, si es que eso también significa algo para alguien más que a mí.

Cortar el ombligo recordando a los que ya no estaban en la mesa cuando me fui y aceptando que algunos ya no estarían cuando estuviera de vuelta o de visita. 

Cortar el ombligo parece un acto subversivo, pero en el fondo es un acto de amor propio, madurez y aceptación.

Un acto de amor porque es un gesto para uno mismo. De madurez porque conscientemente aceptamos el estado actual de las cosas. De aceptación porque aunque no nos guste o parezca reconocemos que las cosas son como son y que toca partir desde ahí.

Supongo que tengo que hacer lo mismo sobre todo ese tiempo transcurrido en CDMX. Atesorar lo que viví, pero poner atención en donde estoy. 

Tal vez esto es un tipo de self-talk, pero por escrito.

Entiendo el blues nostálgico sobre lo que alguna vez fue, pero ya fue, es pasado. Atesoraré lo vivido, pero también debo tomar aliento y seguir.

Toca ajustar la óptica y re enfocar la atención hacia el presente para apreciarlo, respirarlo y sobre todo: vivirlo.

[Cierro esta entrada escuchando algo menos punk y más electrónico: Robag Wruhme con Ende #2]







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